CARRERAS Y LA UNIVERSIDAD: PROBLEMAS Y SOLUCIONES

El pasado 16 de diciembre, en la sección “La Cuarta Página”, el Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Autónoma de Barcelona, Francesc de Carreras, publicaba una columna titulada “Tres problemas de la Universidad”, encuadrada dentro de la serie de artículos de investigación que El País ha dedicado en los últimos meses a la Universidad española, titulados muy adecuadamente “La Universidad a debate”. Debate no circunscrito únicamente a este diario, sino que, de una forma u otra, y al socaire del llamado “caso Errejón”, se ha colado de rondón en la agenda mediática de nuestro país. Personalmente me alegro de que el futuro de la enseñanza universitaria sea del interés de los medios, con la esperanza de que en el futuro pase a serlo también de nuestros gobernantes. Cuando sean otros, que lo serán tarde o temprano.

Dicho esto, no puedo dejar pasar esta oportunidad de discutir con el profesor Carreras algunas apreciaciones de su artículo que me parecen inexactas, cuando no marcadas por opciones ideológicas, siempre respetables, pero que me parece necesario señalar.

El primero de los “males” que el autor detecta en la Universidad española es, dice el autor, de origen externo, y está relacionado con “la formación que los estudiantes reciben en la enseñanza primaria y secundaria, una formación sumamente deficitaria cuando menos a dos niveles: ni adquieren suficientes conocimientos generales ni tampoco el hábito de estudiar”. El origen de esta deficiencia, dice el profesor Carreras, es del modelo pedagógico que se ha instaurado en los últimos años, que, según el autor, busca principalmente “preservar una supuesta felicidad idílica del niño y del adolescente”.  Entre las cosas que más lamenta el autor radica el hecho de que se ha rechazado la memoria como “instrumento del saber” y la “sustitución de los exámenes por sencillos trabajos escolares”.

En un primer momento podría estar tentado a darle la razón al profesor. En efecto, cada vez más amigos profesores se lamentan de que los alumnos no saben escribir como se espera de un universitario. O no son capaces de comprender simples textos, o directamente lo que les piden en sus exámenes. Pero entonces recordé aquella anécdota sobre una “pintada” encontrada en una pirámide que venía a decir, en jeroglíficos, algo así como “esta juventud de hoy día no tiene valores, van a acabar con todo”. Más o menos el mismo lamento que el profesor Carreras, de forma mucho más sofisticada (pues él es mucho más sofisticado que el obrero anónimo de la XIV Dinastía que esculpió tal frase con un cincel), expresa en su artículo.

En efecto, se produce un cambio en la orientación pedagógica en primaria y secundaria, iniciada en los años 80. Un cambio no tan profundo como habría sido deseable, pero cambio al fin y al cabo. El problema de la Universidad, como queda bien patente en otro artículo de la misma serie (y poco más deja claro un artículo que Jose Luis Villacañas, de forma aguda, califica de fallido), tal vez sea que ella no se ha unido al cambio, y sigue practicando formas pedagógicas bastante discutibles para el siglo XXI. Esto no niega la necesidad de cambios en las etapas anteriores, pero son unos cambios que, en mi opinión, tal vez deban ir en la dirección contraria a la que expresa nuestro catedrático.

El segundo de los males detectados por Carreras consiste en la forma de acceso a la carrera científica, y una vez más aboga por una vuelta pasado, concretamente al modelo de la oposición, abandonado, según él, por el  modelo aneca, o acreditación. No quisiera más que señalar el error, por otra parte comprensible en quien no tiene que preocuparse de tales cosas, de confundir “acreditación” con “oposición”. Mientras la primera lo único que garantiza es que un profesional cumple los requisitos mínimos (que podemos discutir) para optar a una determinada figura laboral (profesor titular o catedrático), esta no garantiza la consecución de un puesto de trabajo acorde con la misma, algo que sí hacía el antiguo sistema de oposiciones. Que les pregunten, si no, a los miles de académicos “acreditados” que siguen trabajando como Contratados Doctores, Contratados o simplemente Profesores Asociados.

Pero donde realmente se equivoca el profesor es en que no es la forma en que se accede al puesto fijo e indefinido el problema de la Universidad, sino la inexistencia de una carrera profesional predecible, una serie de pasos que conduzcan a ese momento, quedando, por tanto, al albur de las “necesidades” departamentales, reducidas bien al equilibrio de poder que es el “turnismo” (esta plaza para mi, la siguiente para ti), o a la lucha despiadada debida a la escasez de recursos o, directamente, a la inquina personal. Lo que tenemos, en todo caso, es una serie de concursos públicos de méritos, publicitados por la Universidad de aquella manera, y al que el número de candidatos que se presenta es, normalmente, limitado. Cuando a una plaza en Gran Bretaña pueden llegar a presentarse 400 candidatos, en España raro será que el número sea mayor de 10, ante la sospecha, casi siempre fundada, de que ya haya un “candidato” para la plaza.

No siendo, sin embargo, el problema principal, no quiero dejar de señalar que la “oposición” propuesta por Carreras no es una solución a nada, puesto que, como todos sabemos, este ha sido desde siempre el espacio donde el politiqueo universitario, el cobro y devolución de favores, la inquina de unos hacia otros y los odios heredados de maestros a alumnos han encontrado siempre su terreno más fértil.

El tercer error que señala el Catedrático de la Autónoma de Barcelona radica en una falsa concepción de la “autonomía universitaria” y “la denominada democracia universitaria”. En esta ocasión estoy de acuerdo con el profesor. En efecto, la “autonomía” universitaria no puede significar “autarquía”, sobre todo cuando, como bien señala Carreras, se trata de una “materia de interés general”. Estando de acuerdo con el diagnóstico, sin embargo, no lo estoy con la solución. Los intereses generales no deben ser regulados por “representantes de los intereses generales, por los poderes públicos cuya legitimidad viene del pueblo”, o al menos, no por ellos únicamente. En la década de los 80 el filósofo y economista R. Edward Freeman propuso la teoría de los stakeholders o “partes interesadas”, señalando específicamente la existencia de las “partes interesadas externas”, esto es: todos aquellos que, sin ser parte de una organización, sí están “interesados” en los resultados de la misma. Así, por ejemplo, una asociación de vecinos estará interesada en el resultado de la gestión del ayuntamiento, aunque ellos no sean parte del organismo consistorial. Freeman demostró que aquellas empresas que tenían en cuenta a estas partes interesadas tenían más probabilidades de triunfar.

El reto de la Universidad española pasa por incluir estas “partes interesadas externas” en sus procesos de toma decisiones. No a los políticos, ni a los empresarios, que actualmente copan los consejos sociales de las universidades (por otra parte, inútiles), ni siquiera a los sindicatos,  sino a aquellas entidades de su entorno (asociaciones de vecinos, ONG’s, movimientos sociales, etc.) que pueden ofrecer un punto de vista diferente sobre la actividad llevada a cabo por la institución y sobre lo que de ella se espera.

También coincido con el diagnóstico sobre la “denominada democracia” universitaria, aunque mi respuesta es opuesta y, seguramente, mucho más polémica (al menos en el interior de la institución). En efecto, llamar democracia a un régimen estamental, como el existente en las universidades españolas, no puede sonar más extraño a aquellos que hemos estudiado, en nuestras universidades públicas, la historia de las revoluciones democráticas del siglo XVIII, ya sea la americana o la francesa. Acabar con ese sistema estamental y convertirlo en uno plenamente democrático debería ser parte fundamental y prioritaria de cualquier reforma universitaria.

Entiendo, por otra parte, que todos estos problemas que tan acertadamente señala, pero que en su mayoría evidencia el texto del profesor son el resultado de la dejación de responsabilidades de una generación, la del propio Carreras pero también la del ahora denunciante Félix de Azúa y otros, que decidieron, bien por comodidad, simple dejadez o, a veces, turbio interés propio, mantener en la Universidad española una estructura clientelista y antidemocrática, donde el mérito se sustituía por la capacidad de cada uno de estar en el momento oportuno, junto a la persona oportuna. Un sistema en el que algunos, actuando como auténticos reyezuelos de taifas, defienden sus intereses cortoplacistas frente a otros de mayor interés común, utilizando estrategias deleznables en las que la diferencia de opinión se entiende siempre como delación, y por tanto, merecedora de castigo.

Este sistema, que todos conocemos, se basa tanto en lo pedagógico como en la selección de los recursos humanos, en las mismas estrategias que reclama Carreras: memoria y oposiciones “entre expertos” (más valdría decir “amigos”). Todo esto bajo un manto de aparente democracia que no hace sino ocultar las carencias y querencias dictatoriales de la institución.

Frente a este ejercicio de nostalgia, creo que es hora de reclamar a nuestras universidades valentía: valentía para abrir las puertas y las ventanas y dejar salir el aire viciado; valentía para implementar medidas de transparencia en una gestión excesivamente compleja e ineficaz, que debe ser simplificada; valentía para exigir a los docentes que sean docentes, que no se escondan tras su libertad de cátedra para vivir una vida muelle, faltando al respeto al alumno y, ellos sí, al contribuyente, que busca pagar profesionales y sin embargo ve cómo su dinero se lo llevan algunos pocos “jetas”; valentía para pensar más allá de sus propios intereses veniales y adoptar un sistema de acceso a la carrera académica racional, previsible, justo y transparente; valentía para integrar otros puntos de vista en su visión estratégica, que les permita cubrir las necesidades de aquellos que, sin ser empresarios ni políticos, también necesitan de la Universidad. Tal vez así dejemos de escuchar tan a menudo que la Universidad debe ser una “fábrica de profesionales” y empecemos a repetir que debe ser una escuela de ciudadanos comprometidos con su país y su comunidad; valentía para acabar de una vez por todas con las inercias heredadas, con las estructuras dictatoriales y pseudo-democráticas, propias del Antiguo Régimen, y se atreva a explorar nuevas formas de profundizar en la democracia que sean, al mismo tiempo, coherentes con la profesionalidad que se les supone a sus gestores. Algo que, por otra parte, podemos hacer extensible al resto de instituciones.

Valentía, aunque sea únicamente para, como Ismene, ponerse de pie al lado de los condenados a la explotación, el precariado y el exilio y decir: “yo, que durante tanto tiempo guardé silencio, estoy hoy con vosotros”.

Cierro este post con un temazo que, además, resulta extremadamente útil para reconocer a los “malos”.

 

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2 thoughts on “CARRERAS Y LA UNIVERSIDAD: PROBLEMAS Y SOLUCIONES

  1. Bravo! Estaría bien que alguien se pusiera a estudiar la figura totalmente innecesaria, improductiva y altamente costosa de los eméritos.
    Aunque yo pensaba que ibas a poner “The Wall” de Pink Floyd.

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  2. Pingback: Recuperar el habla | Sobre la marcha

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